ESPERAR EN DIOS

Pienso que así como los diamantes tardan años en formarse (y son valiosísimos) todo lo verdaderamente bueno tarda tiempo. Las imitaciones se hacen a miles por minuto (y no valen mucho), de alguna manera así veo el proceso de los que esperan en Dios. En Génesis 15 se nos relata que cuando Abraham partió el sacrificio – símbolo del pacto – para Dios y se puso a esperar que Dios lo aceptara no fue Dios sino las aves de rapiña (símbolo de los demonios) quienes descendieron primero para tratar de robarse y estropear la obra que Dios tenía preparada para aquel viejo cansado, lleno de sueños no cumplidos, lleno del polvo de un desierto inclemente, en la soledad más profunda, pues ni su esposa estaba a su lado en aquel trance que marcaría su vida y por “coincidencia” divina marcaría la nuestra también. Ese momento de miedo, soledad, incertidumbre, tendría un final apoteósico cuando, según dice el texto, “el temor de una gran oscuridad cayó sobre él” (Gn 15:12). El temor se apoderó de aquella figura temblorosa, con tantos años a cuestas persiguiendo una promesa que se desvanecía en cada periodo de su mujer. Y cuando las circunstancias no podían ser peores y el anciano temía perder su vida, apareció una pequeña luz en el cielo, no era grande pero era luz, pienso que esto antes de alentarlo le llenó de un más grande temor, una luz que descendía  del cielo era algo no imaginado por Abraham. La luz creció hasta convertirse en la imagen clara de un hombre con una antorcha que caminaba en medio del sacrificio, una imagen cualquiera no, ¡la imagen de la ÚNICA PERSONA que le había llamado amigo!

Aquella fuerza que le controlaba, el temor, desapareció como presa de sí misma al sentir la presencia de este Dios con figura de hombre que se paseaba en medio del sacrificio. La oscuridad huyó y dio paso a la iluminada imagen del amigo de Abraham. El hombrecito ya no era más un viejo cansado e indefenso, ahora tenia a su lado a su AMIGO, palabra alentadora cuando sentía la carga de su sueño como una piedra aplastándole. Jesús estaba allí para animarle, para secar sus lágrimas, calmar sus miedos, llenarle de esperanza una vez más, como lo había hecho decenas de veces antes y como lo haría siempre, pues aquel hombre viejo y cansado era su amigo.

Aún teniendo a Cristo por amigo, en este caminar que a veces se hace largo llega un momento en que la razón se agota y nos asedian las dudas, es acá donde la FE se hace imperativa para poder tener un encuentro con Dios que vaya más allá de la mente (que al final sólo sirve para estar informado). Es allí cuando hay que pedirle a Dios para que nos dé esa FE que es necesaria para creer. Duda por duda, pregunta por pregunta, así se cae hasta la más fuerte muralla.

Son las experiencias espirituales más íntimas y personales que vivimos las que validan irrefutablemente nuestra relación con Dios. Miles de cosas del cristianismo son discutibles, pero lo que Dios ha hecho en la vida de cada uno de nosotros es IRREFUTABLE.

Autor: Ahmed Jiménez L.
Pastor de “El Horno”

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